La COP30, Bill Gates y la realidad, por Alfonso Salinas

La COP30, Bill Gates y la realidad, por Alfonso Salinas

La COP30 terminó y, como tantas veces, quedó flotando un contraste incómodo entre la intensidad de los discursos y la complejidad de la realidad. Hubo llamados a transiciones aceleradas, a prohibiciones rápidas, a compromisos más duros, pero la negociación final mostró otra cosa: que los países siguen lidiando con pobreza, costos de energía, empleo y desarrollo. Esa brecha entre expectativas y realidad es la misma que Bill Gates apuntó hace unas semanas, cuando sostuvo que el desafío climático, siendo enorme, no puede desligarse de las urgencias humanas que hoy definen la política y la vida cotidiana.

Sus palabras generaron controversia porque descendieron al cambio climático desde el lugar casi sagrado que algunos le asignan. En Chile, ese debate también resuena. Enfrentamos urgencias simultáneas —seguridad, salud, educación, vivienda, pobreza— y la pregunta es si el cambio climático debe ocupar un lugar por encima de todas ellas o integrarse en el mismo propósito humano que da sentido al progreso.

Una mirada concibe el cambio climático como la madre de todas las batallas. Desde esa visión, no existe una tensión real entre clima y bienestar social, porque se asume que actuar contra el calentamiento global es también la mejor forma de enfrentar la pobreza, mejorar la salud, impulsar el crecimiento y resolver los demás desafíos humanos. Si esa premisa fuera correcta, bastaría con centrar los esfuerzos en la agenda climática. La otra mirada reconoce la gravedad del problema, pero advierte que la agenda climática y las urgencias sociales no siempre avanzan al mismo ritmo y que, aun queriendo avanzar con decisión, es inevitable enfrentar costos, dilemas y desajustes que deben ser gobernados con realismo.

Afrontar el cambio climático exige transformaciones profundas en la forma de producir y consumir, pero esas transformaciones no siempre son lineales ni gratuitas. Al principio abundan los beneficios, pero a medida que aumenta la penetración de energías renovables y los costos marginales se elevan, la transición se vuelve más compleja. Cada avance impone ajustes en redes eléctricas, sistemas productivos y hábitos de consumo, con efectos sobre el empleo o los precios de la energía. Reconocer esa tensión no implica negar la urgencia ambiental, sino asumir que gobernar consiste en conciliar prioridades que no siempre marchan en paralelo.

Negar esa tensión empobrece la discusión. Si se parte de que no existe, toda preocupación por los costos o precaución ante los impactos de una política climática se interpreta como ignorancia o mala fe. El debate se vuelve binario, quien duda es sospechoso y la deliberación se reemplaza por un ritual moral donde unos se creen redentores y otros son tratados como culpables.

En ese marco, los combustibles fósiles se presentan como el horror absoluto y las renovables como la pureza encarnada. Haber aprendido a aprovechar la energía del sol y del viento es una conquista extraordinaria, pero eso no las vuelve inocuas. Ya generan tensiones locales, conflictos territoriales y resistencias sociales. Nadie quiere molinos de viento frente a su casa ni parques solares sobre tierras agrícolas ni líneas de alta tensión que atraviesen valles o zonas rurales. Y, como ocurre con toda gran transformación tecnológica, es imposible prever si en el futuro se descubrirá que también generan impactos que hoy desconocemos, tal vez sobre la vida humana o fenómenos aún no estudiados, así como nadie imaginó en su momento que el CO₂, por siglos considerado un gas beneficioso, terminaría afectando el clima global.

Durante mucho tiempo, el CO₂ y el efecto invernadero fueron vistos como algo positivo, indispensable para la vida en la Tierra y esencial para la fotosíntesis de las plantas. Sin ese efecto, el planeta sería un lugar helado e inhabitable. El problema surgió cuando, por la acción humana —la quema de combustibles fósiles, la expansión de la ganadería y la pérdida de bosques—, la concentración de estos gases aumentó más allá de lo que la naturaleza podía absorber. Pero conviene recordar que el CO₂ y el metano siguen siendo parte natural de la existencia. Tratarlos como gases del infierno puede resultar efectista, pero en el fondo es una simplificación que empobrece la comprensión del fenómeno.

Frente a ello, conviene mantener una mirada prudente. Nadie sabe con certeza cómo evolucionará el clima ni cuáles serán nuestras capacidades reales de adaptación, y por lo mismo resulta inquietante la deriva de ciertas posturas que tratan la combustión como un pecado en sí mismo, casi como si estuviéramos llamados a librar una cruzada contra el fuego. Cuesta no sentir la desmesura de esa idea. El fuego ha acompañado a la humanidad desde sus inicios, es uno de los cinco elementos simbólicos que dieron forma a nuestra experiencia del mundo —tierra, agua, aire, fuego y éter— y pretender proscribirlo por completo tiene algo de exceso moral, de impaciencia con la realidad. Podemos y debemos acelerar la transición, pero aceptar que habrá tecnologías que seguirán cumpliendo un rol acotado para dar estabilidad y cubrir momentos de mayor demanda no contradice ese rumbo. La sabiduría está en avanzar sin negar los matices ni caer en purezas que la realidad nunca ha acompañado.

En Chile, eso significa avanzar en electrificación y descarbonización, pero también asegurar estabilidad energética mediante integración con Argentina y un uso razonable del gas natural por el tiempo necesario para respaldar el sistema. Implica evitar apagones y sostener un desarrollo que combine ambición ambiental con seguridad y bienestar.

Las visiones extremas suelen ser incompletas. La verdad casi siempre habita en la conjugación de los opuestos. Como en el yin y el yang, lo luminoso contiene sombra y lo oscuro una forma de luz. Chile tiene un potencial enorme en energías limpias y lo sabe el mundo entero, aunque también convive con costos eléctricos altos, dificultades para materializar proyectos, lentitud regulatoria y una necesidad creciente de seguridad energética. Y, además de lo ambiental y lo energético, enfrenta desafíos igualmente apremiantes en educación, salud, vivienda y seguridad. Un país con tantas urgencias requiere equilibrio. No necesitamos ser más papistas que el papa, sino avanzar con serenidad y realismo, sin perder de vista que la sostenibilidad comienza cuando el progreso se vuelve posible.

Por Alfonso Salinas
Gerente de Desarrollo Sostenible de GNL Quintero