¿Revolución o transición energética?: el rol del gas natural

19 Julio 2018
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Categoría Opinión
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No parece haber duda sobre la necesidad urgente de disminuir las emisiones que causan el cambio climático y que pone a la humanidad en la mayor encrucijada jamás enfrentada, esto es, qué hacer para evitar una eventual extinción. Tampoco parce haber duda respecto a que una de las mayores causas es el uso de combustibles fósiles, abundantes y fáciles de procesar, y que han sido el sustrato sobre el cual hemos construido esta civilización. Sin embargo, por más que nos guste la palabra “revolución”, el cambio hacia una matriz energética en base a energías renovables y el abandono de los combustibles fósiles no lo podremos lograr sin pasar por un proceso de transición energética que permita la incorporación de fuentes de energía alternativas de manera creciente y sostenida. Lo paradojal es que dicha transición la deberemos hacer utilizando los propios combustibles fósiles, principalmente gas natural.

El gas natural es un combustible abundante que se encuentra en muchos ambientes geológicos alrededor del mundo. A los precios actuales, las reservas de gas natural permiten asegurar el suministro mundial por los próximos 100 años y más. El gas natural está compuesto principalmente por metano (CH4) y puede ser utilizado tanto para la generación de electricidad, calefacción residencial, para cocinar nuestros alimentos, y calentar agua, pero también, para mover un bus, un camión o un barco, reemplazando con esto el carbón, el diésel u otros derivados del petróleo.

El metano no es inocuo con el medio ambiente, es también uno de los agentes que provocan el efecto invernadero. Sin embargo, para producir una misma cantidad de energía, el uso de gas natural significa menos emisiones de casi todos los tipos de contaminantes atmosféricos y dióxido de carbono (CO2), en comparación con la quema de carbón u otros hidrocarburos. Si enfriamos el gas natural a una temperatura de –162°C, puede ser almacenado, transportado y utilizado en forma líquida, convirtiéndose en un combustible incoloro, inodoro no corrosivo ni tóxico. Con este combustible podemos emitir hasta un 35% menos de CO2 si reemplazamos diésel, y un 45% menos dióxido de carbono si lo utilizamos como alternativa en un proceso térmico que usa carbón. De esta forma, podríamos mejorar la calidad del aire e impactar directamente, de manera positiva, en la calidad de vida de millones de personas que viven en áreas contaminadas como Santiago o Temuco.

El gas natural es el combustible de transición más eficiente para avanzar hacia el abandono definitivo de los combustibles fósiles. Por esto, Chile debe incorporar el gas natural en los planes asociados a la política energética 2050. Podrá parecer un contrasentido, considerando que en la década de los noventa Chile apostó por gasificar la matriz energética mediante la integración física con Argentina. Entre Antofagasta y Concepción, el sector privado construyó cuatro gasoductos que hoy se encuentran prácticamente vacíos debido a la crisis de abastecimiento que enfrentó Argentina, y que obligó al Estado de Chile a liderar y promover la construcción de los terminales de regasificación en Quintero y Mejillones, y la construcción de plantas de generación eléctrica en base a carbón y diésel.

La situación internacional es hoy muy distinta. Debido al aumento de las reservas mundiales y al uso creciente del gas natural como alternativa menos contaminante, el mercado mundial del gas natural, en la forma de gas natural licuado (GNL), ofrece opciones flexibles de las cuales el país se debería beneficiar. Hoy el mercado spot de GNL aumenta; se pueden obtener contratos de mediano (5–10 años) y largo plazo; la indexación a los precios del barril de petróleo disminuye y por lo cual se pueden asegurar precios relativamente estables; existen cada vez más alternativas de suministro y se puede asegurar un abastecimiento para los plazos que se estimen necesario, en el marco de una transición energética bien planificada.

¿Qué puede hacer Chile en este escenario internacional?, revisar la política Energética 2050 y planificar el reemplazo de los combustibles fósiles de manera progresiva, usando también el gas natural como el combustible de transición.

En el parque generador de electricidad, el uso de gas natural permitiría gestionar mejor la entrada y salida de las fuentes renovables de generación variable como solar y eólica, y reemplazar de forma progresiva la generación en base a diésel y carbón. Para esto, se deben adecuar los criterios de operación, coordinación y despacho del sistema eléctrico, considerando los volúmenes de GNL necesarios para evitar que el sistema opere de forma ineficiente con combustibles caros y contaminantes como el diésel.

El significativo aumento de las reservas y disponibilidad de gas natural alrededor del mundo está generando un creciente mercado para su uso en automóviles, camiones, buses y barcos, que actualmente usan combustibles más caros y contaminantes como diésel, fuel oil o gasolinas. De acuerdo con la asociación internacional de vehículos a gas natural, NGV Global, hoy existen en el mundo más de 24 millones de vehículos operando con gas natural y esta cifra aumenta sostenidamente cada año. Su importancia relativa destaca si la comparamos con los 2 millones de vehículos electicos que circulan hoy en el mundo.

Si realmente queremos disminuir la polución atmosférica en ciudades como Temuco o Santiago, no podemos dejar de considerar el uso de gas natural en los sistemas térmicos, en el transporte público y de carga. En la renovación de la flota del desprestigiado modelo del Transantiago, la incorporación agregada de solo buses eléctricos es sesgada, acotada y de mínimo impacto. Si el objetivo es disminuir la contaminación que genera la combustión de hidrocarburos como el diésel, el gas natural es el complemento adecuado, y no existe un argumento definitivo para excluir la incorporación de buses que usan este combustible en la flota del Transantiago. 

En California, se tomó la decisión de cambiar los buses que utilizaban diésel por gas natural hace más de quince años, y su importancia aumenta en países como Suecia, Finlandia o China. Según la compañía finlandesa de gas Gasum, los autobuses a gas de nueva generación sería la forma más rentable de reducir el dióxido de carbono, y las emisiones contaminantes locales del transporte urbano.

El gas natural debería estar dentro de las opciones para descontaminar las ciudades y transformar el transporte público en nuestro país.  Para esto, debemos modificar las distorsiones que hoy existen en el mercado de los hidrocarburos, donde el gas natural comprimido (GNC), paga más impuestos que el diésel, sabiendo que este último tiene una mayor responsabilidad en las emisiones de material particulado PM2.5, SO2 y óxidos de nitrógeno, con el conocido impacto en la salud de la población.

Existe coincidencia respecto a que la electricidad será la principal fuente de energía en el mundo, y que la electro-movilidad es el futuro, pero como lo reconoce la “International Energy Agency”, los vehículos eléctricos aún tienen un largo camino por recorrer, antes de llegar a las escalas de despliegue capaces de hacer una reducción significativa en el desarrollo de la demanda mundial de petróleo y las emisiones de gases de efecto invernadero. En este camino, el gas natural está jugando un rol fundamental en la transición energética en distintas partes del mundo, y debemos gestionar su uso para facilitar el cambio hacia una matriz en base a fuentes de energías renovables, limpias y sustentables, que Chile posee en abundancia.